La Retórica

Orígenes turbulentos

La retórica (del griego, ρητορική τέχνη, es decir, el “arte de convencer”)
es una teoría de la comunicación clásica, cuyo nacimiento se da en el último tercio del siglo V a.C. en la Magna Grecia. Es exportada a Atenas por el sofista Gorgias. En esta época filósofos como
Platón (siguiendo la estela de su maestro Sócrates) escriben tratados sobre retórica en los que
se limitan a criticarla e incluso cuestionar su naturaleza como “arte”. A lo largo del diálogo
Gorgias (circa el 388 a.C.), dispuesto por Platón, el personaje del sofista Gorgias trata de
defender la retórica como la más grande de las artes, puesto que:

“Es, en efecto, el más grande de todos los bienes, porque es al que deben los hombres su
libertad; y al que se debe en el estado social la autoridad que se ejerce sobre los demás
ciudadanos. […] Es, en mi opinión, el [objeto] de poder persuadir mediante sus discursos
a los jueces en los tribunales, a los senadores en el Senado, y al pueblo en las Asambleas;
en una palabra. convencer a todos los que componen cualquiera clase de reunión
política. Ahora, un talento de esta especie pondrá a tus plantas al médico y al maestro
de gimnasia; y se verá que el propietario se ha enriquecido no debiéndolo a sí, sino a un
tercero, a ti, que posees el arte de hablar y ganar las voluntades de la multitud.” (p. 138)

Sin embargo, Platón, a través del personaje de Sócrates, le niega a la retórica el estatus de arte,
rebajándolo a una especie de rutina cuyo objeto es proporcionar el placer y negándole cualquier
tipo de belleza. Platón pone en boca de Sócrates las siguientes palabras: 

“La Retórica, al parecer, es la autora de la persuasión, que hace creer, y no de la que hace
saber, respecto de lo justo y de lo injusto. […] Quiero decir, que no es necesario que la retórica instruya sobre la naturaleza de las cosas; y que basta que invente cualquier
medio de persuasión, de manera que parezca a los ojos de los ignorantes más sabia que
los que poseen estas artes.”
(p. 143 y 150)

Para comprender la visión de Platón acerca de la retórica, se debe considerar la coyuntura
política en la que se veía inmerso. El desarrollo de la retórica y la oratoria es producto de la
democracia ateniense, que permitía a cualquier ciudadano defenderse ante un tribunal (o a
contratar a un abogado que lo hiciese por él). La inexperiencia legal del jurado popular fomentó
un tipo de discurso más centrado en la presentación del personaje y la suscitación de emociones
que en la discusión acerca de los tecnicismos de la ley. Los sofistas (del griego σοφία, es decir,
los “maestros de la sabiduría”) no creían en una verdad absoluta, sino que seguían una corriente
relativista según la cual todo estaba compuesto por simples convenciones sociales. Desde estas
ideas fue de donde construyeron su escuela de retórica.

En su artículo, Retórica versus argumentación: perspectivas en el nuevo espacio de educación superior (2009), la Dra. Milagros Otero Parga describe la situación de la siguiente forma:

“En este estado de cosas no importaba la justicia, la verdad, la razón o la moralidad. Sólo importaba ser más hábil, hablar mejor, tener mayor capacidad de convicción. Así
comenzó a proliferar el razonamiento capcioso que no se preocupaba de la búsqueda de
la verdad sino únicamente del perfeccionamiento del método. Los sofistas usaban la
palabra para persuadir, de suerte que llamaban a su arte “conducción de almas”. Así se
fue degradando el arte de la retórica y de la dialéctica porque ya no existía interés por la
verdad sino deseo puramente subjetivo de “ganar con el uso de la palabra” fuera cual
fuera el contenido de lo que se decía.”
(p. 168)

La Reivindicación de la retórica

Aunque la retórica debe su desarrollo inicial a los sofistas, es Aristóteles quien revindica y eleva
la técnica en su obra Retórica (IV a.C.). Presenta la retórica como una de las tres claves de la
filosofía (retórica, lógica y dialéctica), denuncia su uso como medio manipulativo y propone un
uso en conjunto con la dialéctica en aras del desarrollo de la sociedad.

Aristóteles divide la retórica en cuatro habilidades fundamentales que el orador debe dominar
para construir un buen discurso: inventio, búsqueda de argumentos apropiados; dispositio,
distribución de dichos argumentos; elocutio, elegancia al expresar las ideas y adecuación del
lenguaje al contexto; y actio, todo aquello relacionado con los gestos y el tono de voz. En época
romana, Quintiliano añade otra habilidad, la memoria, la capacidad de recordar lo que se había
preparado.

En el tratado, el estagirita describe los tres tipos de persuasión que se utilizan en un discurso
efectivo: el ethos, el pathos y el logos. El primero hace referencia a la credibilidad y autoridad
del emisor. Aristóteles lo explica de la siguiente manera:

“Es necesario que no sólo se atienda a que el argumento sea convincente y fidedigno,
sino a ponerse a sí mismo y al juez en una determinada disposición, pues tiene mucha
importancia para la persuasión, especial mente en las deliberaciones, aunque también
en los juicios, la actitud que muestra el que habla y que dé la impresión a los oyentes de
que se encuentra en determinada disposición respecto a ellos y además que también se
dé el caso de que ellos lo estén respecto al orador.”
(p. 139)

Divide el ethos en tres principales características del emisor: “Las causas de que los oradores
sean dignos de crédito son tres, pues son las mismas por las que damos crédito a alguien, fuera
de los discursos de exhibición. Y son: la discreción, la integridad y la buena voluntad.”
(p. 140) 

El segundo, el pathos, trata las emociones que el orador suscita en el receptor: “Y es que son los
sentimientos de los que se derivan dolor y placer, como la ira, la piedad y otros por el estilo, así
como sus contrarios, los que, con sus cambios, afectan a las decisiones.”
(p. 141)

Por último, el logos hace referencia a la solidez de los argumentos en sí. El término latino
argumentare significa esclarecer o probar, y los argumentos son aquello que se usa para demostrar una proposición. Los argumentos se pueden dividir en muchos tipos: silogismos, ejemplos, argumentos de autoridad (Aunque como dijo el gran orador Cicerón en su obra De natura deorum (45 a.C.): “Hay que buscar no tanto el peso de la autoridad cuanto la fuerza de la argumentación.” (p. 33)), etc. Pero su principal clasificación suele ser la de argumentos y contrargumentos. Siguiendo la estructura tradicional de un discurso (identificada por Quintiliano en el cuarto libro de su tratado Instituciones Oratorias (95 d.C.)) los argumentos se disponen en la tercera y cuarta parte de éste, es decir, el probatio y refutatio respectivamente.

Más tarde, Cicerón identificó los efectos que un discurso con una buena retórica debe tener
como tres: docere (enseñar), movere (conmover) y delectare (agradar). La retórica se convirtió
en una materia de estudio obligado en Roma, y se mantuvo durante toda la Edad Media como
parte esencial del Trivium, usándose las Instituciones de Quintiliano como libro esecial.

La Retórica desde la Edad Moderna

En 1739 el filósofo escocés David Hume escribió: “La razón es, y tan solo debe ser, la esclava de
las pasiones y nunca puede pretender a cualquier otro puesto que no sea servirlas y obedecerlas

(p. 266). Más tarde desarrollaría esta idea en su obra An Enquiry Concerning the Principles of
Morals
(1751). En esta obra, propuso que no era posible convencer a una persona solamente a
través de argumentos y lógica, pues los seres humanos somos animales principalmente guiados
por nuestras emociones e instintos. La mayoría de nuestras opiniones y afiliaciones nacen de
una respuesta emocional inmediata, que luego tratamos de justificar a través de argumentos
construidos alrededor de nuestra creencia preexistente.

A lo largo del XIX la retórica cae en desuso como campo de estudio formal, aunque el avance de
las democracias y las tecnologías diesen más oportunidades a demagogos de utilizar sus
principios. En el siglo XX estudiosos como C. Perelman y L. Olbrechts-Tyteca crean la “nueva
retórica”, que se centra en el poder de la lingüística como elemento persuasivo.

En 2006, el psicólogo Jonathan Haidt retomó las ideas de Aristóteles y Hume ilustrándolas en su
libro La hipótesis de la felicidad con una metáfora en la cual asemejaba la mente humana a un
elefante y su jinete. El jinete (la lógica) cree que está al mando, pero realmente es el elefante (las
emociones) quienes tienen el poder de decisión. La mayoría de la gente invierte mucho tiempo
en discutir con los jinetes de otras personas, mientras que si apelásemos a su pathos tendríamos
muchas más posibilidades de llegar a un acuerdo. Es infinitamente más fácil darle la razón a
quien que resulta agradable, que a quien se odia.

Los peligros de la Retórica

Desde sus orígenes, pensadores como Sócrates y Platón han denunciado la retórica como una
práctica manipulativa. Los pensamientos de este último ya han sido expuestos al comienzo del
trabajo, de modo que no los repetiremos aquí. Sin embargo, no fueron los únicos en la historia
en criticar las técnicas retóricas. El mismo Aristóteles, que tanto defiende su estudio, no es ciego
a los problemas en los que puede caer, y previene contra éstos:

“Es preciso además que sea capaz de convencer de lo contrario, como ocurre en los razonamientos, no para que podamos hacer indistintamente ambas cosas (pues no se debe convencer de lo malo), sino para que no se nos pase por alto cómo se hace y, si otro hace uso injusto de los argumentos, seamos capaces de refutarlos.” (p. 50)

En 2009 la Dra. Milagros Otero Parga escribe un artículo titulado Retórica versus argumentación:
perspectivas en el nuevo espacio de educación superior
, centrado en la necesidad de enseñar
retórica a los juristas modernos, sin embargo, no por ello evita criticar el mal uso de la retórica.
Señala no sólo los peligros que trae si se usa para engañar a los demás, sino también otros
problemas menores, como la palabrería excesiva y la presentación de bellos pero vacuos
argumentos:

“También el abuso de la Retórica tiene consecuencias perniciosas y por lo tanto muestra
una de sus caras negativas cuando el orador no sabe controlar el tiempo y abusa de la
paciencia de quien le escucha. En esos casos la excesiva prolijidad molesta de nuevo la
finalidad de la Retórica como medio de comunicación de un mensaje para alcanzar la
pacificación de una relación en la búsqueda de la justicia. […]Pero sin duda alguna el caso
más grave en el cual la Retórica sirve precisamente para cumplir la función contraria
para la que fue concebida aparece cuando a través de las palabras bellamente dichas lo
que se busca y se consigue en no pocas ocasiones, es engatusar al poco avezado
engañándolo.”
(p. 169 y 170)

Como podemos apreciar, la retórica es una teoría que mantiene su actualidad. Como todas las
teorías, ha ido evolucionando a medida que los paradigmas sociales en los que estaba enraizada
han cambiado. Sin embargo, gracias a su gran perspectiva, parsimonia, consistencia lógica,
capacidad de fructificación, y capaz de descripción, explicación y predicción, ha mantenido su
vigencia como un marco teórico de interés. Ha sido también fuente de gran controversia, y nos
vemos obligados a reconocer sus aspectos negativos además de los positivos.


Como colofón, a lo largo de la historia una miríada de pensadores ha debatido las diferentes
formas y técnicas presentes en la comunicación interpersonal. Las teorías que se han
desarrollado continúan siendo relevantes tanto en el ámbito académico como en el día a día. El
estudio de teorías de la comunicación como la retórica desarrolla capacidades de pensamiento
crítico, relación interpersonal y oratoria, y su aprendizaje debe mantenerse como un
imprescindible elemento en la formación de adultos capaces de navegar el mundo.


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